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domingo, 27 de mayo de 2012

REFLEXIONES SOBRE EL HOMBRE NUEVO Y LA POSTHISTORIA.




Hace unos días retomé a dos autores muy leídos en la década de los 90 del siglo pasado. Vinieron a mi mente con ocasión de la actual crisis financiera y el cuestionamiento de las políticas de ajustes impuestas en Europa. No me refiero al debate entre los partidarios de Keynes y de Friedman que cada día viene ganando relevancia, sino a otro no menos interesante que está íntimamente relacionado con la debacle occidental. Esta cuestión no está recibiendo la cobertura que merece por razones políticas, pues el sistema capitalista actual además de sufrir una crisis económica está pasando por otra crisis de naturaleza política, la tesis es que unir ambos debates daría lugar a lo que en su día sucedió en la Unión Soviética durante la perestroika y la glasnost: la crisis total del sistema.

Me refiero a la polémica surgida cuando el campo socialista y la Unión Soviética se derrumbaban, centrada en dos mensajes muy sugestivos: el fin de la historia de Francis Fukuyana y el choque de civilizaciones de Samuel Huntington.

Decidí entonces poner por escrito lo que pensaba, directamente, sin citas ni rigor excesivo, fundamentalmente por falta de tiempo. Simplemente escribir lo que mi cerebro me indicaba. Todo lo que digo, entonces, debe tomarse como transitorio, son pensamientos en voz alta, directamente impresos.

Empezando con Samuel Huntington, este señor “advertía” al Mundo occidental, que aunque la Historia podía haber llegado a su fin y el hombre a su último peldaño, tal y como lo entendía Francis Fukuyama, existía un desafío aún mayor, que describió como lucha o choque de civilizaciones. Huntington dividió el Mundo en ocho civilizaciones, entre éstas la Islámica. Según este autor el islamismo sería el mayor desafío para el final de la historia, pues se trata de un movimiento ideológico capaz de congregar millones de habitantes convirtiéndoles en diferentes al último hombre, así como capaz de establecer regímenes políticos y económicos contrarios al sistema de democracia de libre mercado.

Fukuyama aprovechó la crisis del sistema socialista oriental para preponderar el capitalismo occidental sin considerar las profundas contradicciones e injusticias que lo mantienen y que, materialmente, le condenan a mediano y largo plazo a su transformación.  Da por resuelta la contradicción entre el capital y el trabajo, afirmando que en Norteamérica y Europa existe una sociedad sin clases donde impera el igualitarismo.  Así mismo, para refutar la teoría marxista de la historia cuya base materialista indica que la cultura es un reflejo de las condiciones materiales de producción, aunque no automático ni pasivo, sino dialéctico y teniendo en cuenta un contexto concreto dado, Fukuyama recurre a Hegel indicando que éste llevaba razón en cuanto a la prioridad de lo ideal sobre lo real. Fukuyama consagra sin percibirlo un voluntarismo filosófico ajeno a lo real. En este sentido, opina que el liberalismo económico es resultado del liberalismo político que consagra el triunfo del Estado homogéneo universal.

Fukuyama en sus observaciones soslaya importantes estudios que sobre el socialismo llevaron a cabo intelectuales occidentales de relieve, por ejemplo, Erich Fromm en “Marx y su concepto del hombre”, imprescindible si se quiere polemizar sobre lo que da en llamar el último hombre. También pasa por alto la obra de Joseph A. Schumpeter, “Capitalismo, Socialismo y Democracia”, en el que al analizar los mecanismos del progreso económico llega a la conclusión de la inevitabilidad del hundimiento del capitalismo y el triunfo del socialismo.

Para Fukuyama, no son las relaciones capitalistas de producción el resultado de un desarrollo dado de las fuerzas productivas sino fruto del desarrollo de la idea liberal. El error de Fukuyama radica en invertir lo que él llama las prioridades, confunde la fuerza de lo que es determinante en la historia: la idea liberal o el modo de producción capitalista cuyo desarrollo demanda una ideología liberal que coadyuve a su desarrollo. La confusión, sin embargo, no parte de un desconocimiento científico de la historia, deseo pensar, sino de la adopción interesada de un punto de vista político que conduce a la innecesaridad de explicar la objeción básica del capitalismo: la apropiación privada de la riqueza creada por la sociedad.

Al cerrar los ojos frente a esta realidad, Fukuyama no puede ver más allá de lo que él llama democracia liberal y mercados libres, no hay nada hacia lo que la humanidad pueda aspirar a avanzar: de ahí el final de su historia.  Sin embargo, consciente de que la historia real nunca termina salvo que la Humanidad desaparezca, Fukuyama, con ocasión de los atentados terroristas de septiembre de 2001 contra los Estados Unidos, vuelve sobre el tema para confirmar y explicar mejor su concepto del fin de la historia. Para ello retoma el planteamiento de Huntington sobre el choque de civilizaciones y se pregunta si las otras sociedades no occidentales que estarían rechazando la modernidad y los valores occidentales, además de dar lugar a la continuidad del enfrentamiento entre grupos culturales diferentes, podría eventualmente trastocar la democracia liberal y los mercados libres. Fukuyama concluye que la modernidad de la mano de Occidente llegará a todo el Planeta. Sin embargo, el Islam, según él, es el único sistema cultural que rechaza la modernidad de pies a cabeza. Explica este fenómeno como resultado de sociedades tradicionales que se sienten amenazadas por la modernización.  Creo junto con Fukuyama que la modernización llegará a todos los rincones del Planeta, pero el acuerdo es parcial y basado en distintas perspectivas filosóficas.

Para empezar, el concepto de modernidad que acojo se relaciona con las fuerzas productivas, no con la democracia liberal y los mercados libres. Democracia existió en la antigua Grecia y comercio en la antigua Fenicia. Por otro lado, las invasiones de Iraq y Libia no han traído a estos países  la modernidad más bien lo contrario. De hecho, si la superación del neocolonialismo forma parte de la modernidad estas invasiones son de naturaleza tradicional, no modernas. Incluso desde la perspectiva del modelo de gobierno vigente en estos países en el momento de dichas invasiones es muy discutible que sean menos modernos que los impuestos tras las referidas agresiones. Sobre todo en relación con la implantación  del islamismo radical, que sí podría tacharse de repelente de la modernidad, esto sin dejar de tener en consideración que el terrorismo es un arma que suelen utilizar tanto los muy débiles como los inmensamente poderosos, nunca los moderados.

Desde la perspectiva ideológica, es cierto que en el capitalismo occidental, desde la crisis de 1933 y sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial y hasta mediados de los años 1970, hubo cierto apaciguamiento de la lucha de clases resultado de la creación de una clase media extensa y relativamente culta. No obstante, es inexacto hablar de inexistencia de lucha, pues en esas épocas los movimientos pacifistas, feministas, contra la discriminación racial, entre otros, permitieron algunos de los progresos civiles que el sistema capitalista ha integrado. Más aún, los méritos en cuanto a redistribución de la riqueza corresponden  a factores ajenos a la eficiencia y eficacia que se preconiza de la economía de mercado libre. La productividad y la tasa de ganancias descansaban en la existencia de un Tercer Mundo fuente de materias primas muy barata. En estas condiciones  no resulta complicado alcanzar la deseada competitividad. Imposible no ser competitivo frente a países que ni siquiera eran dueños de sus recursos naturales. Además, el mercado libre no lo era, los gobiernos occidentales participaban de manera dramática en el PIB de sus economías nacionales mediante políticas de estimulo económico y de inversiones públicas inmensas.  Precisamente, el desvanecimiento de estas dos variables está dando lugar a las crisis de competitividad y de progreso en las economías capitalistas avanzadas.

Fukuyama considera irrevocable la defunción del socialismo. Es una aseveración muy atrevida, el futuro es más desconcertante que la propia imaginación. Quizás el socialismo centralizado y autoritario soviético sea impracticable en la modernidad, sin embargo, el éxito de China es incuestionable. De hecho, un régimen socialista de partido único, puede mostrarse más sensible a las necesidades cotidianas y a las desventuras del pueblo de lo que pueden llegar a ser las democracias multipartidistas. Piénsese en el problema de los desahucios masivos en curso en los Estados Unidos y en España,  la impunidad de la Banca causante de la burbuja inmobiliaria y la insensibilidad de los poderes públicos ante el drama de millones de familias. Incluso una dictadura de derechas quizás hubiera actuado con mayor sensibilidad frente a estas desgracias. No debe olvidarse que los sistemas socialistas autoritarios actuales, en países concretos, tienen su origen en movimientos de liberación nacional antimperialistas. Vienen precedidos por procesos revolucionarios que además de la liberación nacional, sus líderes políticos se embarcan en la tarea de remediar con mayor o menor éxito la contradicción fundamental del capitalismo. Estos regímenes, sin embargo, arrastran dos sobrepesos: solventar esta contradicción que aún no ha agotado todo su desarrollo y la escasa conciencia colectiva de la población educada en el individualismo. La solución, en lo económico, como sabemos, ha sido recuperar mecanismos de mercado para incentivar el desarrollo económico, es decir, para lograr el progreso de las fuerzas productivas. También la apertura a la inversión extranjera, en su caso, de manera controlada para no recaer en el neocolonialismo. El éxito de algunos países es considerable, por ejemplo, China y Viet Nam, pero esta política no es novedosa para el pensamiento socialista, había sido expuesta por Lenin en su programa sobre la Nueva Política Económica en 1921; política que se abandonó tras su fallecimiento. Durante la Perestroika quiso retomarse pero fracasó por la ruina de la Glasnost. El segundo sobrepeso ha sido el más complicado, y la solución no ha sido satisfactoria, en gran medida por la existencia de un escenario internacional hostil a estos procesos revolucionarios democráticos, como fue el caso de Chile en 1973, ya que las revoluciones socialistas se han producido en países con relativo escaso poder internacional, resultando la estabilidad política interna alterada artificialmente por fuerzas hostiles internacionales.

El desarrollo de las comunicaciones es una fuerza tan integradora de la Humanidad y de sus civilizaciones que el autoritarismo tanto de derecha como de izquierda parece insostenible a mediano y largo plazo. Este fenómeno es el que precisamente empieza a poner en ridículo el paradigma de democracia liberal de Fukuyama, pues se basa en una democracia limitada a las élites de poder, cuando las fuerzas productivas que el relega en sus prioridades filosóficas están dando nacimiento a estructuras sociales de poder horizontales y contestatarias de una democracia excluyente y muchas veces, corrupta, ajena a los intereses y necesidades del electorado. En una sociedad internacional digitalizada estas élites ven mermado su poder de manipulación, resultando que sus instrumentos tradicionales de consenso dejan de ser eficaces, la población comienza a crear tanto en la red como en las plazas púbicas nuevos escenarios de creación ideológica y de participación.  El conocimiento y la información fluyen sin barreras, salvo las impuestas por los políticos tradicionales. Estamos ante el cambio cualitativo quizás más importante de la Humanidad desde la creación de la imprenta. El capitalismo está impulsando este desarrollo pero al mismo tiempo, como dijera Marx, construye su propia tumba. Los nuevos movimientos políticos contestatarios del capitalismo actual, como el 15M en España y Occupy Walt Street en Estados Unidos, entre otros, son paradigmas de estos nuevos escenarios, que presagian el hundimiento de la ideología neoliberal, son reflejo de nuevas tendencias políticas y sociales transformadoras del capitalismo. Estos y otros movimientos y corrientes irán ganado experiencia en su propio quehacer y su verdadero impacto se hará sentir pasados algunos años, pero su efecto principal será la remoción o transformación de los pilares sobre los que hoy se derrumba el modelo neo-liberal.

La crisis financiera es el resultado de esa política neoliberal, una mezcla de corrupción política, insensibilidad social y saqueo económico de la clase media. Este saqueo es el fenómeno más interesante de la crisis, el más destructivo y corrosivo de la Democracia liberal, y se produce desde mi punto de vista por dos factores. Primero, por el retroceso del neocolonialismo en el Tercer Mundo lo que incrementa el costo del acceso a las materias primas, incluyendo en este costo, el de las guerras contra Irak y Libia, y la prolongada guerra en Afganistán más allá de su objetivo legítimo que era capturar a los responsables de los atentados contra Estados Unidos. Segundo, el neoliberalismo y su desregulación intrínseca crean un hombre último cuya codicia y usura no encuentra límites. Este hombre último, que Fukuyama asocia al final de la historia, tiene su más alto ejemplo en el banquero moderno, un sujeto odiado por todos, y cuya influencia sobre la sociedad, los empresarios y los políticos es destructiva. Evidentemente, este paradigma del último hombre no es el que la sociedad actual demanda.

La modernización autentica exige otro modelo diferente al neoliberal, este paradigma es también un fenómeno cultural, que tendrá que ir tomando cuerpo en el Mundo vigente. Lo exige así el desarrollo y la interdependencia de las fuerzas productivas a escala internacional, pero sólo la combinación de mecanismos de mercado y de coordinación y planificación internacional, sobre la base de principios de cooperación, pueden encauzar el caos económico actual resultado de una “gobernanza” basada en la especulación y en el espíritu de rapiña. Es obvio que la sociedad necesita que el último hombre de paso a un hombre nuevo. Este hombre existe, la cuestión es que el sistema actual desincentiva su ascendencia, por el contrario le reprime y acosa. Ese hombre nuevo está en cada humano.

El sentido ecológico y social de la economía es el único que puede reconducir el caos internacional hacia un Mundo con metas más compartidas y resultados convenientes. Piénsese en el manejo individual de la biotecnología en la industria y el mercado sin consideración hacia el sentido social de lo que se engendra; de la utilización de estos conocimientos para transformar la propia base biológica del hombre, del ser humano. Fukuyama también ha hecho referencia a estas dos revoluciones que él llama paralelas, la revolución de la tecnología de la información y de la genética, biotecnología o biología. Estas revoluciones están innovando las fuerzas productivas de la Humanidad  y  dando lugar si hay destino a un sistema de relaciones sociales que sin eliminar el aporte realizado por el capitalismo, es decir, sin suprimir aquellas relaciones productivas y sociales con vocación de permanencia, queden éstas sin embargo en una posición de subordinación frente a otras relaciones más desarrolladas y complejas que proporcionen salida a la contradicción fundamental del capitalismo.

No debe ser casual que la biotecnología e internet arriben paralelamente. La Internet garantiza el flujo libre de indagación, de manera que cualquier intento de utilizar la biotecnología con fines antisociales, podrá ser denunciado y los hechos ser conocidos al instante por toda la Humanidad. No hay que ser inocente, el Último hombre de Fukuyama  intentará controlar la información y castigar cualquier denuncia presentándolo como acto delictivo, contrario al Fin de la Historia. No hay que ir muy lejos para comprobar en los casos judiciales contra Assange y  Manning  un paradigma de justicia que criminaliza la transparencia del hombre nuevo. La solución estará en desarrollar y mejorar el sistema democrático y de derecho para que la transparencia sea considerado un derecho fundamental inviolable. Hoy todos somos periodistas, en definitiva, el derecho fundamental de buscar la verdad y difundirla y de denunciar la injustica, no puede ceder a razones de Estado que protegen intereses poderosos pero particulares de grupos de poder específicos. Es la contrapartida frente al inmenso poder de destrucción que las fuerzas productivas pueden desatar en manos privadas o gobiernos inmunes a la justicia y la transparencia.

El comienzo de la historia no está cerca pero tampoco lejos, quizás a la vuelta de dos o tres generaciones, o incluso menos. La Humanidad cada día es más interdependiente e interrelacionada, la tecnología de la información posibilita la creación de un liderazgo y una clase política alternativa a la actual, cuyo paradigma será el Hombre nuevo en contraposición con el Último hombre. Este Hombre nuevo estará capacitado para solventar el problema fundamental de la sociedad contemporánea que es la liberación económica y política de los trabajadores.  El progreso tecnológico en la información y en la biotecnología junto con el progreso industrial sólo traerá bienestar y progreso social compartido en el marco de un sistema de relaciones sociales posthistórico. Si la meta transcendental de la realización de productos y servicios es la obtención de beneficio económico, la contrariedad básica de la explotación de la clase trabajadora no podrá ser resuelta.

Los que piensan que el progreso y que la iniciativa individual dependen de la obtención de un beneficio económico, de un ánimo de lucro, están profundamente equivocados. Basta poner un ejemplo. El software libre  y la Wikipedia son creaciones más allá del lucro económico. La calidad y la neutralidad de la Wikipedia, por ejemplo, han provocado el fracaso de productos similares de pago. De lo que concluimos, que el hombre es motivado por otros resortes aún más poderosos que el lucro, fuente de estimulo principal del Último hombre de Fukuyama.  

El Fin de la Historia y el Choque de Civilizaciones son dos útiles sofismas. El primero, ya vimos, tiene como objetivo apologizar una sociedad decadente cuya suerte temporal devino de la ineptitud de los líderes de la ex Unión Soviética. Si el Neoliberalismo fuera el fin de la historia, sino existiera alternativa al sistema de “mercados libres”, tendríamos que reconocer que estaríamos ante una historia inacabada, pues la explotación capitalista, que es la contradicción fundamental del sistema, no alcanza a solucionarse. 
El segundo sofisma, el llamado choque de civilizaciones, es una argumentación engañosa sobre el verdadero significado de las guerras neocoloniales.  Basta tomar como ejemplo, las ya mencionadas invasiones de Irak y Libia. Los gobiernos o sistemas políticos de estos países rechazaban el integrismo islámico. Eran dos gobiernos autoritarios surgidos de procesos revolucionarios en el contexto histórico de la lucha del Tercer Mundo por la liberación nacional. Por razones estratégicas tuvieron y gozaron del apoyo de gobiernos occidentales recurrentemente, pero el destino les condenó por poseer el llamado oro negro, y el pretexto de la reconquista ahora ya no tiene mayor importancia. Lo destacable, desde la perspectiva de la teoría del choque de civilizaciones, es que los nuevos gobiernos impuestos bajo las bombas fabricadas por el Último Hombre, en las industrias de las sociedades del Fin de la Historia, están más cercas del integrismo islámico. Queda expuesto, entonces, que el choque de civilizaciones no explica estos conflictos, que no son resultado de diferencias culturales, se trata de una engañifa ideológica para justificar invasiones y controlar los recursos petroleros de esos países.

Otro argumento contra esta engañifa, es la íntima amistad existente entre muchos líderes políticos y empresariales occidentales con líderes políticos y con empresarios de países islamistas. Lo que cementa estas relaciones es el lucro que mueve al Último Hombre de Francis Fukuyama, en estos casos las diferencias culturales tampoco son obstáculo.

La sociedad posthistórica es una necesidad para la supervivencia de la humanidad. Creo que esa sociedad se llamará Socialismo. En su seno surgirá el hombre nuevo, y viceversa, el hombre nuevo construirá el Socialismo. La experiencia histórica del socialismo soviético fue un ensayo de la propia historia, el socialismo chino es el paradigma de la combinación de la economía de mercado y de la planificación central. Otras formas de socialismo comienzan a tomar cuerpo, así como, los hombres nuevos que las están poniendo en práctica. En Latinoamérica se están produciendo revoluciones democráticas y pacíficas frente al neoliberalismo. Venezuela, Brasil, Ecuador, Argentina, Nicaragua, y otros, desde sus realidades están engendrando la posthistoria y hombres nuevos. En este continente, la experiencia revolucionaria chilena de Salvador Allende y la cubana de Fidel Castro, y el concepto de hombre nuevo del Che Guevara, son muestras de que detrás del fin de la historia hay otra historia que con inmensos sacrificios  intenta abrirse paso. Occidente no es ajeno a la pos historia, los movimientos políticos ya mencionados y los actos de supremo coraje interpretados por individuos como Assange o Manning, son esperanzadores para la Humanidad. Y es que un grupo de millonarios egoístas no puede secuestrar los derechos y libertades del resto del Mundo.

No idealizo estos procesos históricos, ni intento hacer apología de régimen alguno, el contexto histórico y la falta de prejuicios me permiten mirar más allá de lo que los grandes medios de comunicación desean que vea y que no mire. Desde la revolución cubana hasta nuestros días América Latina comenzó a ser más libre, hoy goza de una libertad frente a potencias extranjeras inimaginable años atrás. Ha sido costoso el camino andado, mucho han sufrido los latinoamericanos. Pero hoy una nueva perspectiva se abre pazo. La propia revolución cubana adecua su paradigma de socialismo, proceso siempre obstaculizado por el embargo y las presiones de Estados Unidos. La fortaleza del ideario revolucionario, más allá de las realizaciones concretas y los errores incurridos, es tan potente que nada ha podido doblegar la voluntad de este pueblo y su dirigencia política frente a desafíos insospechados: bloqueo norteamericano y derrumbe del campo socialista. En la implantación de un socialismo más comprometido con las libertades, tanto en el campo civil, social, político y económico, Cuba comienza a recibir aliados. La independencia económica y política de América Latina crea un espacio geográfico para su desarrollo e integración, resultando el bloqueo norteamericano menos gravoso. El éxito económico de China, poseedora del dinero mundial y fábrica del Mundo, contribuye a afianzar el paradigma socialista y debilita el embargo norteamericano. La crisis del neoliberalismo en Occidente y la destrucción de sus clases medias están echando por tierra el sueño capitalista, y esta pesadilla está siendo vivida por muchos cubanos, tanto emigrados como visitantes ocasionales al extranjero.  El éxito de las reformas en Cuba podría ser letal para el capitalismo mundial, por eso no es de extrañar que esa pequeña nación sea sometida a nuevos sacrificios y desafíos desde el exterior.
   
Veo el modelo político posthistórico como el de la libertad política auténtica, tanto formal como material, en un sistema económico pos capitalista. Quizá Hegel pueda ver realizado su entendimiento de la historia en la pos historia mediante la liberación total del hombre, y reconciliado su concepto con los planteamientos de Marx, pues esa libertad es imposible bajo la explotación capitalista.

Muchos autores han escrito e investigado sobre el futuro de la humanidad y sobre el hombre nuevo. No se trata de una cuestión abstracta, de algo que merezca nuestra indiferencia, por el contrario, nuestro futuro y el de nuestros hijos depende del entendimiento correcto de los procesos históricos y de las leyes que rigen su desarrollo. Pero incluso en un escenario idealista, en el que el concepto sea prioritario frente a la materialidad, ese concepto es doblemente importante, pues entonces nuestro futuro estará asociado al mismo.  Mi posición es clara: rechazo el último hombre de Fukuyama y abogo por el hombre nuevo.

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